El riego subterráneo

Como sabemos, la lluvia proporciona el 90 por ciento del agua utilizada para los cultivos y de cada 100 litros de agua destinados al riego agrícola, solo 34 litros se absorben por las plantas ya que la mayor cantidad de agua se evapora o se pierde durante el proceso. Las frutas, el arroz, el algodón, las hortalizas y la remolacha requieren de grandes cantidades de agua, misma que se les proporciona mediante distintos métodos de riego como los surcos, por inundación, por aspersión, por infiltración, por goteo o por drenaje. El más eficiente es el riego localizado por goteo y una de sus variantes, el riego subterráneo.

Como su nombre lo indica, el riego por goteo se “localiza” prácticamente a unos centímetros del punto que se quiere irrigar, se surte en la cantidad exacta y sin la intervención humana evitando al máximo las perdidas por evaporación o infiltración. Un inconveniente que se puede presentar es cuando termina la cosecha y es necesario utilizar maquinaria, por lo que se deben mover los ramales portagoteros con sus tuberías y almacenarlos, con la consiguiente implicación del uso de mano de obra y espacios de almacenamiento que finalmente se traducen en mayores costos de producción.

El riego localizado subterráneo simplemente consiste en la utilización de una red de riego por goteo pero instalada por debajo de la tierra, a una distancia suficiente de la superficie para que en caso de utilizarse maquinaria, ésta no dañe el sistema. Se aplica en hortalizas como lechuga, cebolla, apio, espárragos y ajos así como en cultivos leñosos como cítricos, uvas y olivo. Ambos sistemas por goteo, de superficie y subterráneo, nacieron al mismo tiempo solo que éste último comenzó su utilización intensiva hasta los 80’s debido principalmente a algunas ideas equivocadas sobre su funcionamiento. Hoy se encuentra ampliamente utilizado para cultivos y superficies ajardinadas de todo el mundo, principalmente en Estados Unidos.

Los ramales porta-emisores de polietileno se entierran mediante un topo (aditamento con cuchillas que abren la tierra en zurcos) a una profundidad que varía entre los 10 y los 60 centímetros dependiendo del cultivo y del tipo de suelo.

La instalación hidráulica se completa con ventosas para expulsar el aire de las tuberías, válvulas antiretorno para evitar que el agua regrese por la tubería, emisores autocompensantes que permiten que la cantidad de agua sea la misma en todas las salidas además de impedir que se introduzcan pequeñas raíces en los orificios y los obstruyan, caudalímetros (miden el volumen de agua) y manómetros (miden la presión del agua).

Dos ejemplos de las ideas equivocadas con relación a este sistema. Una supone que el agua solo se mueve hacia abajo por acción de la gravedad, pero en realidad cuando el agua surge de los ramales, se esparce de forma radial hacia todos lados creando una especie de “esfera” de humedad, por lo que los orificios a lo largo de la tubería tienen separaciones que varían en función del tipo de suelo y cultivo para hacerlas más eficientes. La otra suposición implica que cuando se daña la tubería es necesario reparar todo el sistema. La solución es mucho más simple: donde se localice un charco de agua se procede a sustituir el tramo de tubería y ésta se vuelve a enterrar. Por suerte han quedado atrás los tiempos en los que existía un gran temor a lo nuevo y hoy se tiene una mayor inclinación a probar antes de rechazar ¿verdad?

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